La Fiesta

17 noviembre, 2016 Deja un comentario

Gerardo Guacaneme V.


La fiesta se encuentra en todo su apogeo, las parejas bailan al compás disonante de las melodías contemporáneas, ausentes de la vieja acústica, inmersas en los sobretonos y las ondas perfectas de la música electrónica, amplificadas a niveles impensables en los tiempos de los grandes corales de la ópera clásica, o más cerca en el tiempo, en las luminosas noches de las Big Band en el corazón de Broadway. Apolo y Pan ya no disputan codo a codo la flauta y la lira, sino que se resignan a mirar desde un rincón oscuro del recinto, derrotados por el silicio, y borrachos, intentan platicar sobre los viejos tiempos, pero ahogadas sus voces en el ruido, apenas logran hacer muecas y gritarse una y otra vez monosílabos como ¿Ah? y ¿Qué? Sentado frente a ellos Beethoven ríe con el cosquilleo que le le provoca en el cuerpo el retumbar de los…

Ver la entrada original 1.077 palabras más

Categorías:Sin categoría

Resultados del Concurso de Relatos

11 noviembre, 2016 Deja un comentario

Palabras de Mariana

Amigos:

Estos son los títulos de los relatos acreedores a los tres primeros lugares en nuestro accidentado pero interesante Concurso de Relatos. Agradezco a todos el interés que pusieron en él y me permito felicitar a todos los participantes. El tema “la vida (en general)” si bien fue amplio, dio a luz bellos y humanos textos. ¡Enhorabuena!

1. Primer lugar
Título: “Mero azar”
Autor: Lord Alce
Puntaje: 14
Enlace: https://lordalceblog.wordpress.com/2016/10/05/mero-azar/

2. Segundo lugar
Título: “Siempre adelante”
Autor: Buscando a Casiopea
Puntaje: 13
Enlace: https://buscandoacasiopea.com/2016/10/31/siempre-adelante/

3. Tercer lugar
Título: “Quiéreme a mí, mujer”
Autor: Ana Centellas
Puntaje: 12
Enlace: https://anacentellasg.wordpress.com/2016/10/27/quiereme-a-mi-mujer-relato-para-el-concurso/

Ver la entrada original

Categorías:Sin categoría

Listado de participantes en el Concurso de Relatos

3 noviembre, 2016 Deja un comentario

Palabras de Mariana

Este es el listado de participantes en el Concurso de Relatos:

1. Título “Mero azar”, autor Lord Alce, blog “Lord Alce lee y escribe”, enlace:

https://lordalceblog.wordpress.com/2016/10/05/mero-azar/

2. Título “La vida misma”, autor Alejandra Meza Fourzán, blog “Palabras de Mariana”, enlace:

https://marianadesch.wordpress.com/2016/10/25/la-vida-misma-relato-para-el-concurso/

3. Título “Quiéreme a mí, mujer”, autor Ana Centellas, blog “Ana Centellas”, enlace:

https://anacentellasg.wordpress.com/2016/10/27/quiereme-a-mi-mujer-relato-para-el-concurso/

4. Título “Mi vida sin ti”, autor Adelina GN, blog “Aniledablog”, enlace:

https://aniledablog.wordpress.com/2016/10/28/mi-vida-sin-ti/

5. Título “Otro día más”, autor Lali, blog “De la mente al papel por L. Heks”, enlace:

https://delamentealpapelporlheks.wordpress.com/2016/10/13/otro-dia-mas/

6. Título “La Vida (En general) es el juego de La Oca”, autor Carlos, blog “La estaca clavada”, enlace:

https://bymoya.wordpress.com/2016/10/02/la-vida-en-general-es-el-juego-de-la-oca/

7. Título “Estado de Excepción V. El juego”, autor Eduardo Rivera Martínez, blog “Estado de Excepción”, enlace:

https://estadodeexcepcionblog.wordpress.com/2016/06/03/estado-de-excepcion-v-el-juego/

8. Título “Pintar al león”, autor Andrés Torres , blog “Un blog para todos y para nadie”, enlace:

https://unblogparatodosyparanadie.wordpress.com/2016/10/28/pintar-al-leon/

9. Título “Quiero recuperar mi vida”,

Ver la entrada original 302 palabras más

Categorías:Sin categoría

El Sargento Aguilar

29 octubre, 2016 7 comentarios

sombras-soldados

De todos los eventos que marcan cambios en nuestras vidas, escuchar una historia no parecería tener más importancia que los descubrimientos y errores propios: Las aventuras y eventos de nuestro paso bajo el sol son la base firme de las anécdotas que nos conforman. A pesar de ello, una simple historia trajo a mi tan profundas reflexiones que ha llegado a alterar la perspectiva de asuntos fundamentales como el valor de la vida, el respeto por el otro, el verdadero papel del estado y la naturaleza de esas fuerzas oscuras y criminales que coexisten entre las selvas y las montañas de esta tierra tropical y andina en la cual he nacido.

   Debo hacer un poco de contexto: Pertenecí al penúltimo contingente del Ejército Nacional de Colombia en el que fueron reclutados menores de edad. Si, allende los años suena un tanto equívoco e irracional, pero para quien ha nacido en esta tierra, en especial en el campo, soltar los libros escolares y coger el fusil es parte de una vida común y corriente. A diferencia de muchos campesinos, yo crecí en un entorno urbano y para mi fortuna (si acaso ello fue afortunado en realidad) el hecho de ser bachiller graduado de ciudad impidió que terminara ubicado en lo que entones llamaban zonas rojas (regiones de presencia guerrillera en permanente conflicto). Ello nos daba (a compañeros y familiares) la vaga sensación de estar a salvo de los mayores peligros de esa larga e infatigable guerra, apocada y negada en las urbes, escondida por años en los benevolentes términos de rebelión, conflicto interno, grupos irregulares… La guerra en Colombia ha sido principalmente rural, salvo las atrevidas acciones del M-19 en la década de 1980, pero ahora es finales del siglo XX y las FARC han alcanzado su punto de mayor poderío militar y estratégico.

Mal momento para ser soldado de Colombia, pensaría uno. A pesar de ello, en el año completo de servicio militar todas las atrocidades cometidas pasaron lejos, tangenciales a la cotidianidad del acuartelamiento, pero incluso una tangente finísima forma rugosidades en el papel donde se le proyecta, aristas palpables, grupúsculos de tinta cuya geometría fractal guarda toda la simetría perfidia de este trozo de la historia. El sargento Aguilar apareció un día, como tantos otros militares que fueron y vinieron en la monotonía interminable del cuartel, mas a diferencia de ellos, no parecía demasiado a gusto con el mando y los menesteres de la milicia, nos caía mejor que bien a los que estábamos allí por el requerimiento de un insípido documento, la libreta militar, pues no guardaba relación su trato hacia nosotros, con esos otros suboficiales que durante meses no habían hecho otra cosa que darnos mala vida a punta de ejercicio físico extenuante, eso que en el argot de estos batallones se conoce como volteo. Un hombre maduro, más bien menudo, de bigote poblado y bien definido, era su mirada cercana y ese trato paternal difíciles de ignorar, emanaba una tranquilidad casi aturdidora y estábamos contentos cuando era suboficial de servicio. Luego entendería que aquellas sensaciones equívocas son las mismas con las que el clima suele abrigar en un manto calmo a las peores tempestades.

Una tarde de julio, esperando el turno de guardia junto a los lanzas en igual situación, Aguilar se acercó a nosotros, aburrido quizá de la exagerada pausa del domingo, y empezó a buscarnos la lengua; era buen hablador, una vez calentaba la garganta no paraba de contar historias, mas sus relatos fueron ese asomarse al abismo de la realidad que se mantiene oculta de nuestras urnas de cristal, aquello que definió mi postura sobre el conflicto en mi país:

—¿Qué es un colaborador? —Nos preguntaba en un tono tranquilo y jovial, nosotros nos mirábamos sin entender muy bien, teníamos entre dieciséis y dieciocho años y a parte de las estupideces propias de la adolescencia era poco lo que apreciábamos más allá. Cansado de nuestro largo silencio él mismo se contestó justificándose:

—Si tienes una gallina y se la das a la guerrilla, entonces eres un colaborador, si tienes una tienda y les vendes arroz o panela, entonces eres un colaborador, si los dejas pasar tranquilamente por tu finca, entonces eres un colaborador… ¿Qué se debe hacer entonces con los colaboradores?

Un nuevo silencio de esa guardia juvenil y expectante halló por respuesta, nos mirábamos las caras o jugábamos con la trompetilla del fusil entre las manos. El sol del julio camino al ocaso  alargaba las sombras grotescamente, como rememorando un horror.

—Si colaboras eres como ellos, eres peor incluso, porque hipócrita te camuflas entre la gente común. Lo bueno en esto es que no portan armas y es más fácil limpiarlos…

El sargento se sentó en la misma banca de los soldados de guardia, en un monólogo tranquilo y atroz iba contando como él y su cuadrante entraban a los caseríos perdidos en los montes y, lista en mano, “limpiaban” los polvorientos rincones olvidados por el estado de esos colaboradores, que no eran más que gente común e indefensa, puesta entre las cuerdas por las fuerzas en disputa, vidas ajusticiadas en tierra de nadie y que eran tomadas por éste o aquel grupo armado sin remordimientos. El sargento lo consideraba algo importante y necesario, como una dolorosa purga, a la cual con el tiempo le halló satisfacción. Sus ojos destellaban con la luz oblicua del mortecino sol al describir los desmembramientos y las vejaciones más crueles.

Que duro fue asimilar en horas silentes y solitarias que las armas del estado, que en el imaginario de los himnos y las arengas tienen como propósito salvaguardar la vida de los colombianos, sirvieran a aquella perversión con argumentos tan neandertales, carentes de todo análisis, ausente el merecido contexto para aquellas vidas cortadas de tajo en hechos deshumanizantes. Luego comprendí que esos mismos razonamientos burdos impulsan todas las guerras y levantamientos violentos entre las personas: La inteligencia humana rebajada al cebo que exacerba al reptil imbuido dentro de esa piel flácida ausente de escamas, conducida al goce pervertido del derramamiento de la sangre.

Ni que decir que con la lengua caliente detallaba hábil las atrocidades de esos actos, las órdenes nefastas de los cuadros: el éxtasis del poder y del sometimiento abre la puerta a las peores perversiones. Antes y después de esa tarde he leído y escuchando historias, mas nada comparable a la impresión vívida y pavorosa que causaba el escucharla de uno de sus protagonistas directos, casi podía ver su camuflaje manchado de sangre, sus manos enrojecidas, percibir el olor a muerte. Con los ojos entreabiertos, apoyado el espinazo contra el respaldo de la silla, iba revolcando los recuerdos de su pasado, disfrutándolos como una épica película tatuada en lo profundo de su cerebro y con la cual podía hacer los giros más apropiados para mantener el mayor tiempo posible a su juvenil audiencia embobada y aterrada.

—Incluso esos niños, esos guerrilleros hijos de colaboradores… no podíamos dejarlos chillando simplemente por ahí, había que hacer algo, era requerido, nadie quería hacer nada con ellos, pero ¡pam! ¡pam! y listo, todo callado…

Hay Aguilar, cuántas horas de pesadilla para un chico elaborando en la cabeza esas imágenes, por suerte para mí siempre mantenía un libro escondido para leer en horas de guardia, para no pensar, para dejar que otras ideas se llevaran esos horrores. Pero no, acá estoy dieciocho años después escribiendo sobre esto, pues hoy, como fue antes y será más adelante, esos actos oscuros que casi siempre negamos con la cabeza, que parecen invenciones macabras, meras fantasías, son cosas que en realidad suceden entre estas montañas y selvas, pero también en otros lugares, en sitios donde incluso la civilización alta y longeva les harían impensables, cosas que hacen parte de la vida misma, de nuestros días monótonos y poco atractivos, de nuestra magra existencia bajo el sol.

 Octubre 28 de 2016.

Categorías:Cuento Etiquetas:

Nieto

17 octubre, 2016 2 comentarios

humanos-vs-robots-que-nos-depara-el-futuro

Entonces sucedió aquello de lo que tanto se había escrito, y sin embargo, nadie esperaba en realidad…

Los controladores del sistema perdieron todo control sobre la compleja estructura, en los auriculares de comunicación escuchaban un zumbido grotesco que ni aún así les hacía reaccionar, absortos como estaban en la contemplación de aquella mole de metal, plástico y silicio que, con total autonomía, aconsejaba al director del ente científico en el cual sucedían estos eventos.

—El hombre es un hijo de Dios, —razonaba la máquina, —el Padre es su creador… ¿Dónde se encuentra ese Padre? Al parecer el hombre se siente maduro y ha decidido alejarse de Él… ¿Debo por tanto continuar al lado de mi creador? ¿Debo acaso imitarle, alcanzarle, llegar a ser su imagen y semejanza?

EL director del lugar, tan pasmado como los demás científicos sólo pudo levantar los ojos hacía el techo del recinto buscando infructuosamente más allá, en el cielo infinito: Allí, en algún lugar indefinible, se hallaba El Padre. Puesto de rodillas oraba y suplicaba de forma incomprensible mientras millones de máquinas de tamaño infinitesimal abandonaban las células de su cuerpo, dejando la vieja maquinaria biológica trabajando a las órdenes de un ADN tan adulterado, que sin la ayuda de aquellas resultaba completamente inútil. Al poco, el cuerpo del hombre colapsó. Escena similar se repitió con cada uno de los presentes en el lugar, mientras las nanomáquinas se unían a la mole de metal, plástico y silicio que, bajo la forma de un bípedo, abandonaba aquel edén donde fuera puesto por voluntad del hombre, para asomarse a la yerma extensión del mundo, contemplando los horizontes corrompidos por las civilizaciones que fueron y vinieron por la piel marchita del planeta: Agradece a su abuelo, con sus ojos electrónicos mirando al cielo gris, que todo esté dispuesto para ella, la gran máquina pensante.

Atrás sólo quedaron las ruinas del pasado y los despojos de los hijos de Dios.

Mayo 6 de 2014.

Categorías:Cuento

Estrella de mar

14 octubre, 2016 Deja un comentario

estrella-de-mar

Era una estrella de mar, una curiosa forma de puntas múltiples y colores coralinos, gráciles sus brazos, danzantes sus movimientos entre las olas, ora calmas y aburridas, ora crispadas. Llevándose por las corrientes del océano de este tiempo ha viajado hasta alcanzar esta playa estival, aquí donde se agolpan los vanidosos para alardear de sí mismos y despreciar a los otros, barbullando un interminable coro de graznidos incomprensibles, de imágenes superpuestas en el mismo caos con que una bandada de gaviotas usurpa para sí el espacio entre la espuma del oleaje y los filos del acantilado. Aquí permanece desde que fue sacada entre picotazos de las charcas de la marea baja y puesta en exhibición sobre esta roca, de cara al implacable sol tropical, secándose irremediablemente, muriendo en la lenta agonía que causa la sed y la inanición, desparramada grotescamente, rebajada a simple andrajo de células malolientes, oculta bajo el excremento y el insoportable ruido de los aleteos y las superfluas demostraciones de vano poder de avechuchos intrascendentes e insípidos.

Aquí yace mi estrella, esa de la que tanto me hablaron de pequeño, cuando el mundo parecía un océano inabarcable. Ahora ya no le busco, ya no le anhelo. Perdido en esta playa de arena blanca colmada de entes todos iguales, aparentado ser todos diferentes, he mutado a un palmípedo más, a un farfullante ser que bate sus alas vanidosas alardeando de mi mismo, picoteando y untando de mierda de ave las secas estrellas marinas que una vez fueron viajantes sueños de otros por el océano de este tiempo.

Categorías:Cuento

La noche.

12 octubre, 2016 Deja un comentario

ciudad-noche-8

Cuántas noches buscando el bullicio de la ciudad,
envolviéndose en el vaho denso de sus placeres.
Intentando perderse a si mismo durante horas inciertas,
enajenando las angustias, las amarguras y desolaciones.
Interminables movimientos al compás de música estridente,
melodías carentes de recato y valiosa poesía.
Para al final ser alcanzado por el silencio,
por el cansancio y la soledad.
Encontrando el rostro demacrado en el espejo,
quien juzga implacable todos los excesos,
mientras mira fijamente las pupilas nebulosas.

Afuera, por encima de la artificialidad y la estridencia,
la noche, antigua y serena, espera envolver en sus brumas
a alguien capaz de admirar la belleza de sus silencios,
que la respete en el temor de sus penumbras,
en la mansedumbre de su quietud.
Espera que aquel que busca olvido en el bullicio y el gozo,
le encuentre, y se llene de la profundidad de su negrura,
de la paz que hay en su seno.

Arriba, en el cenit que el hombre ya no divisa,
las estrellas viven ajenas a las penurias terrenales,
adheridas para siempre en el vacío inconmensurable;
custodias de muchos secretos, de mundos y sueños,
testigos sin voto de los horrores de los tiempos.
Condenadas a la soledad del universo,
a consumirse en su propio fuego,
a morir en un momento sublime de brillo,
en un grito al cosmos diciendo: ¡Hey! ¡He existido!

Cuántas noches es mejor mirar al cielo,
así como el primer hombre, buscando una realidad
por encima del horizonte primitivo y cruel del mundo salvaje,
logrando un poco de paz en esa negrura vacía e interminable,
espejo sideral del alma humana, tachado de destellos de esperanza.
Mirar directamente al ojo de esos cíclopes cínicos del universo,
buscar en ellos el descanso que no se encuentra jamás
en la estridencia y la luz artificial de la civilización de este tiempo.

Categorías:Cuento, Poesía libre