Necesidad


fufuente

El vago piensa que él cuenta las horas que faltan para cruzar la placita, detenerse frente a la fuente y mirar en rededor, comprobando otra vez su ausencia. Lanza una moneda, exiguo deseo de un saludo que se junta con las otras en el fondo, mezcladas con el limo verdoso de la pileta. Cada tarde, a la misma hora, el tipo hace esa pausa en la más abyecta espera sin otro argumento que su otrora presencia en ese lugar junto a ella. La gente lo mira sin detallar sus pupilas orilladas al abismo, en cambio el vagabundo lo conoce, no su nombre ni algún otro aspecto de los importantes en la efímera importancia del orden establecido, pero sabe, entiende el doloroso discurso mientras aquel sisea con los ojos cerrados. Cuando saca las monedas respeta las que él ha dejado, no sabe cuales son cuales, se justifica aduciendo que el azar es un adecuado tamiz para el caso, son esas las que brillan con los destellos de los fanales artificiales en noches de lluvia, pocas veces bajo la luna, cuando en el agua quieta se dibuja una grácil silueta de mujer que también susurra por aquel que cruza la placita cada día con el credo extraviado de volverle a ver. Nunca se encontrarán, cada cual se asoma a la hora contraria, el vago ha comprendido tal infortunio, pero qué puede hacer, con las monedas en las manos mojadas no queda otra cosa que atender su necesidad, mientras las intenciones se desvanecen con las ondas deformadas en el agua de la pileta.

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Temporada de pesca


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En temporada de pesca, carniceros grandes y chicos se las arreglan como pueden para obtener su botín.

Los más ruidosos usan sus grandes voces para atraer a los pececillos, cantan grandes odas sobre calmos mares donde todo es felicidad, los juntan y conducen a ese lugar, más no pasarán de invitados en estómagos hambrientos al final del jornal.

Otros, más inteligentes, han aprendido cosas de hombres, y lanzan toda suerte de anzuelos de baratijas para aglomerar cardúmenes, los peces, que ven mejor que los animales terrestres, no son capaces de entender más allá del cebo que se les pone en frente, pues no es un problema de visión, sino de perspectiva.

La técnica de moda, sin embargo, consiste en criticar al otro depredador, resaltar sus muchas debilidades, reales o imaginadas, al punto de convencer al pobre pez de no morir en las fauces de tan horribles criaturas, asqueados de imaginar su tarascón muy, muy a la derecha, o muy, muy a la izquierda. Crean tal caos de peces indignados, nadando en aguas turbias de tanta mentira, que terminan llenas las redes de los unos y de otros, todos muy contentos.

A pesar de ese esfuerzo de caza, la inmensa mayoría de peces pasan con tranquilidad entre esas turbulencias, haciendo cara de no me importa, moviendo la boca sin ninguna opinión, sin percatarse que en el flujo de agua que cruza sus branquias existen, a pesar de la voracidad de los rapaces, nobles intereses. Al concluir la temporada son estos los que critican con ahínco diciendo “yo no fui con éste, ni con aquel otro” como si el desastre de los corales, la llegada de las marismas, no fueran también con ellos.

Al final todo eso es irrelevante, pues todos acaban en el mismo container donde los gringos se llevan a trozos el mar…

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Ingenio de mentores

25 marzo, 2017 Deja un comentario

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El ocaso arrastró a la negrura el último vestigio natural, en adelante una estrella artificial, lucero creado sesudamente por el ingenio humano, reemplazará a esa estrella caprichosa y vieja que por todos los eones ha dado su energía, alimento vital, a esta tierra hasta hace poco pululante de formas cambiantes en el albedrío de la evolución. Con esta obra el hombre toma de forma completa el control sobre todo lo que aun vive, festejos se realizan por doquier, incluso los religiosos abandonan sus letanías muertas, sus templos derruidos y se unen al bacanal de luz artificial. Se ha superado por fin la dependencia del dios Sol por tantos credos (si no por todos) venerado como el corazón mismo de toda fe en lo sobrenatural, en la presencia de un ente creador y protector. Los genios desarrolladores se pavonean plenos y junto a estos, los mentores, quienes han arriesgado su capital y su prestigio en una empresa para beneficio de toda la humanidad, de todo el planeta. Al no depender de un Sol natural e inestable, sepulto ahora bajo un manto igualmente artificial, ya no se han de sufrir los rigores de sus manchas y erupciones de plasma, pero sobre todo, de su brillo universal e incondicional. Todos felices al ser alumbrados por un perfecto fanal. Eso sí, la recuperación de costos y los beneficios serán sempiternos y a quien se negase a pagar su cuota mensual, se le cortará el servicio y a oscuras habrá de quedar, esa es la dicha máxima de esos inversionistas: Por fin el sol sale para todos.

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El Zombi

20 diciembre, 2016 Deja un comentario

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Cuánto se ha alejado del árbol de los difuntos, ya su sombra no se proyecta entre mármoles al ocaso, observa ahora el mundo de los vivos. Inmerso en el bullicioso latir de la ciudad, en sus muchos afanes, olvida en cada paso la enseñanza de esos muertos que indicaron los senderos de paz y perdición, se desdibujan las intrincadas tramas de esas historias habitantes de su imaginación, mezcla de hechos dolorosos e increíbles, las fantasías orladas con toques de realidad ahora se antojan ridiculeces de voces inertes, ya no inclina la cabeza sobre lápidas de papel, ni memoriza geniales epitafios, no le ensordecen interminables lamentos de plañideras desfilantes, ni le retumba en el seso el eco de oscuros réquiem, tan diversos como los orígenes de esos cuerpos apiñados, convergiendo sus huesos crujientes en aquel osario de rectángulos superpuestos.

Escucha sonidos vulgares de ciudad, estridencias de instrumentos modernos, alejadas sus resonancias de la táctil tibieza de la madera y del frío del metal, muestreadas, cuantificadas, convertidas en flujos de bits, carentes sus impulsos eléctricos de alma y significados, fluyendo caóticamente en la fantasmal dimensión digital que absorbe las mentes, peste nueva cuya hambre no se sacia de cerebros frescos. El terror de pensar la hora de su turno en las criptas sepulto ha sido en la negación de todo intento por hacerse trascendente, en la renuncia a fundir la chispa de su ser con místico arte, en el olvido de perpetuar su nombre en formas vanidosas que sólo los yacentes aprecian. Ahora le aterra no ser reconocido ni aceptado en los grupúsculos informes que rayan paredes virtuales, no estar a la altura de imágenes insípidas y estéticas volátiles, al escarnio implacable que se aplica en escenarios decorados con las fotos de los muertos, envueltos en chiste vulgar, a todo aquel que se precie de ser diferente, de exhibir con blancura sus yagas más profundas.

De caminar mausoleos ha pasado a contonearse en centros de baile y algarabía, de sentir un pesar desbordado ahora no percibe más que placer desaforado, la melancolía de la noche en tinieblas ha mutado en alborozo exultante envuelto en luz artificial. Ya no lamenta, ríe, ya no piensa en el sufrimiento ajeno, se consume por completo en el deseo propio. Ya no mira la noche infinita buscando su lugar entre luceros lejanos, antigua creencia de eternidad, vaga ahora por los callejones sin rumbo cierto, arrastrando los ojos en el piso, intoxicado en la vana esperanza de hallar casual una migaja olvidada, una andrajo tan perdido como él que pueda serle de utilidad en un evento placentero, en un instante fugaz, para luego desecharle por ahí, como con tantas cosas y con tantos otros ha sido antes y será después en la ausencia de significados.

Ya no reza a los dioses, incluso ha olvidado las sacras oraciones, tararea en cambio versos profanos carentes de gusto, profundidad e inteligencia. Ya no se arrellana incómodo al regazo gélido de simétricas estatuas, custodias de los panteones, anhelando recorrer las comisuras perfectas de esos labios yertos, preciosos frutos de golpe de cincel. Ahora se revuelca con mujeres callejeras, asequibles vendedoras de placer, hijas de la desesperación, pregoneras de la desesperanza, se calienta ceñido a la voluptuosidad de la carne, de cuerpos insensibles ya de tanto disfrutar en oscilante placer.

Ya no reposa en el tiempo de descanso, se mueve torpe pero frenético, indistinto de día o de noche, perdido entre emociones fugaces de distractores pueriles, ladrones descarados de minutos y de horas, sumergido en la inercia que muta a individuos como él, convencidos de la valía intrínseca de su individualidad y soledad, en una masa informe, deambulando aterradora por las calles, multitud a la cual se suma ahora.

Ya no reflexiona sobre las vidas extintas en heroicos combates, ni otea sobre cruces innumerables, ni guarda respeto alguno por la libertad heredada, fruto de muchos esfuerzos de sangre de otros, truncadas sus posibilidades de dicha, para que él, alejado del simbolismo de las criptas, se enajene irracional e inconsciente, como un zombi sin voluntad, consumidor primario de placer mercante, hambriento siempre de sensaciones sin conexión con lo heredado, ni provecho para lo devenir.

Al final de la ruta luminosa desbordada por la caterva descerebrada, allende las altas torres  y el incesante bullicio de las máquinas productoras del bienestar malogrado que sostiene esta demencia, llega a un abismo negro sin fondo apreciable, una fosa abierta, carente de inscripciones y de lápidas, un pasaje directo al vacío, Finisterre para quien se mueve en tal inercia. Uno tras otro van hundiéndose en aquel sepulcro los infectos muertos vivientes, llegado al fin su turno de rodar sobre cuerpos deformes, aglomerándose grotescos, gime como bestia irracional por su inutilidad,  por su absurdo destino,  por su negación del pasado y por el desprecio hecho al árbol de los difuntos. Insepulto permanecerá por siempre la agonía del olvido.

Octubre 23 de 2016.

 

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La Fiesta

17 noviembre, 2016 Deja un comentario

Gerardo Guacaneme V.


La fiesta se encuentra en todo su apogeo, las parejas bailan al compás disonante de las melodías contemporáneas, ausentes de la vieja acústica, inmersas en los sobretonos y las ondas perfectas de la música electrónica, amplificadas a niveles impensables en los tiempos de los grandes corales de la ópera clásica, o más cerca en el tiempo, en las luminosas noches de las Big Band en el corazón de Broadway. Apolo y Pan ya no disputan codo a codo la flauta y la lira, sino que se resignan a mirar desde un rincón oscuro del recinto, derrotados por el silicio, y borrachos, intentan platicar sobre los viejos tiempos, pero ahogadas sus voces en el ruido, apenas logran hacer muecas y gritarse una y otra vez monosílabos como ¿Ah? y ¿Qué? Sentado frente a ellos Beethoven ríe con el cosquilleo que le le provoca en el cuerpo el retumbar de los…

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Resultados del Concurso de Relatos

11 noviembre, 2016 Deja un comentario

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Listado de participantes en el Concurso de Relatos

3 noviembre, 2016 Deja un comentario

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